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El título fue idea de Aída. Se le ocurrió después de haber leído el cierre de la Cultura y Tragicomedia IV que envié por esta vía y en el que anuncié que el martes 26 de febrero los 14 alumnos del taller literario que dirijo en las instalaciones de la Biblioteca Alfonso G. Alarcón se “graduaban”. Así, sin más. Terminaban un ciclo y obtenían un reconocimiento avalado por la Biblioteca, que está facultada para extenderlos aunque a algunos ciudadanos desinformados o resentidos les parezca raro. Para poder acceder a ese reconocimiento los tallerandos debían demostrar que, aparte de haber asistido a todas las sesiones y que habían entregado un cuento en cada una de ellas, habían adquirido las habilidades propias de analizar y elaborar cuentos. Y esa demostración se dio en las tres últimas sesiones.
Durante la primera los 14 tallerandos hicieron una recopilación de todos sus textos. En la segunda hicieron una depuración y en la tercera, el 26 de febrero, se decidieron por dos cuentos que ellos consideraban los mejores de su producción dentro del taller. Pero sólo pudieron leer uno por falta de tiempo.
Todos estos ciudadanos acapulqueños tenían en común el hecho de que ninguno había hecho cuentos con anterioridad. Habían realizado ciertos acercamientos que denominamos “textos narrativos” cortos porque carecían de los elementos y de la intención literaria que hace del cuento un evento creativo diferente a todos los demás.
Además los agrupaba otra característica: ninguno se dedicaba a la literatura. Había tres estudiantes normalistas, una pasante de leyes, una abogada, una maestra jubilada, una doctora en turismo, un campesino, un comerciante a destajo y ex guardia de seguridad, una ama de casa, una microempresaria, un pescador de la playa Manzanillo y una estudiante de secundaria que durante el taller ingresó a bachillerato.
De ese grupo tan heterogéneo, una ganó el premio nacional de cuento Sahuayo 2007, dos ya decidieron ingresar a Filosofía y Letras en la UNAM, y otros dos están dispuestos a competir en cuanto certamen de cuento se les presente. Y todos desean que se abra un taller de “avanzados” para perfeccionar sus logros en la materia.
Sin embargo, existe una característica que hace sumamente especial a este grupo de personas y no es precisamente su ansia de hacer más y mejores cosas, sino su calidad humana y su enorme visión universalista: ninguno de ellos (léase bien: ninguno), extremó su competitividad al grado de sentirse mejor o más exitoso que los demás. Ninguno.
En ese taller jamás hubo envidias, ni puñaladas traperas, ni plagios, ni zancadillas. Por lo contrario, todos se llevan excelentemente, se respetan, se ayudan y se han hecho amigos entrañables. Nos hemos hecho amigos entrañables.
Cada uno reconoce el talento y los méritos de los demás y aunque parezca inverosímil se admiran y se declaran fans de los más creativos o de los más avezados. Un par de ellos confesaron a la mitad del curso que eran prófugos de otros talleres de cuento; porque tenían dudas que resolver y era ilógico que éstas hubieran surgido por generación espontánea si eran tan precisas y específicas. Para exhibirlas tenían que replicar o al expositor actual o al anterior y terminaron confesando que no eran primerizos, aunque lo parecieran sin fingirlo.
La prueba de fuego de esa camaradería se realizó en noviembre cuando a propuesta de uno de ellos decidimos enviar en un solo paquete nuestros mejores textos a Sahuayo y el de Teté resultó ganador. Con toda justicia nos ganó a todos los de aquí y a muchos de otras latitudes del país. Hay calidad, hacía falta conducción.
Este increíble grupo de personas pudo acceder a este aprendizaje gracias al esfuerzo conjunto de dos maravillosas mujeres.
Themis Mendoza Arizmendi, directora de la Biblioteca Pública, Alfonso G. Alarcón que valiente y generosamente abrió las puertas de esa casa de lectura e investigación a “la Dirección de Cultura en el exilio” (como la bautizaron Rodrigo Huerta, Pepe Mayagoitia y otros comunicadores libres) que preside Aída Espino después de que en un acto de barbarie Félix Salgado Macedonio la defenestrara violando además una suspensión provisional.
Y Aída Espino, quien durante los 22 meses que fungió como Directora Municipal de Cultura cubrió con su dinero (su sueldo y su pensión de 30 años de maestra) muchos gastos de manutención de las actividades culturales de nuestra ciudad (renta de equipo, expositores, presentadores de libros, concertistas, artistas varios y talleristas) y que cuando fue echada de esa Dirección continuó trabajando por la cultura cubriendo ahora las necesidades de la cultura de Acapulco sólo con el dinero de su pensión. Ella me pidió que hiciera un esfuerzo y que continuara con el taller, y bueno, si durante 22 meses el gobierno de Félix no me pagó, que más daba continuar trabajando sin paga. Así que decidí continuar. El 26 de febrero Themis Aída y un servidor, levantamos esa cosecha.
También la ciudad, pues durante tres meses, Aída y un servidor gozamos de la enorme satisfacción de separar de la televisión, del ocio, de las luces de neón de la Costera y de otros eventos menos edificantes a esos ciudadanos insertándolos cada martes al mundo de la cultura y sus beneficios. Con ese ejercicio, justo es reconocerlo, demostramos que los acapulqueños no carecemos de una visión estética ni de una vena creativa porque nuestra naturaleza nos lo impida sino porque no había alternativas en la ciudad que nos ayudaran a canalizarlas. Y es bueno decirlo: hay 14 escritores más en Acapulco a pesar de que los grupitos y las pequeñas mafias de cultureros locales continúan transitando en jaurías de oficina en oficina pública medigando “recursos” a los políticos. A pesar de que algunos promotores tratan de limpiar su imagen después de que sus miembros los usan para conseguir dinero del Congreso para proyectos personales. A pesar de que la UAG no sabe si debe, puede o quiere hacer una escuela de artes. A pesar de que algunos tabloides pretenden dar a esos cultureros patente de corso y continúen golpeteando a Aída.
La gente ha respondido con entusiasmo; las actividades culturales de Aída en la Biblioteca Alfonso G. Alarcón duplicaron su matrícula. Estamos trabajando con la tozudez (y la precariedad) de monjes en la formación y canalización de las inclinaciones estéticas de cualquier ciudadano que desee aprender técnicas para explotar su creatividad y hacerla rentable, si así lo desea, o dedicarla al ejercicio de la contemplación del absoluto. Si ese es su respetable gusto. Lo importante es canalizar positivamente esa creatividad. Felicidades.
Ese martes 26 de febrero en la Biblioteca Pública Alfonso G. Alarcón, se realizó la lectura de las obras de estos 14 nuevos creadores. Nuevos. Alumnos del taller de narrativa que dirijo y cuyo curso terminó ese día. Ciudadanos que no sabían qué era un cuento ahora los escriben y ganan concursos. Por esos mismos días El Sur, el tabloide oficial de este gobierno municipal, publicó que Citali y su esposo Jeremías traerán escritores de fuera con cargo al erario para que Félix se tome la foto con ellos.
Mientras en eso dilapidan nuestros impuestos; aquí, Aída y un servidor, formamos escritores. Una semana después, el 4 de febrero empezamos el siguiente ciclo. Están inscritos 26. Y el número va en aumento. Gracias por su confianza Quienes deseen unirse a este proyecto exento de malicia están cordialmente invitados. No tenemos por qué importar ni arte ni artistas: aquí en Acapulco, sobran creatividad y entusiasmo. Nos leemos en la crónica. |
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