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Siempre es grato pisar de nuevo la ciudad de Atoyac de Álvarez, una de las fuentes surianas del federalismo mexicano y espacio histórico de la rebeldía social contra las injusticias. Y es doblemente grato por el inmerecido honor que me dispensó la amiga y compañera de trabajo, la Maestra Andrea Radilla Martínez, como uno de los presentadores de su libro Voces Acalladas. Vidas Truncadas, en su segunda edición, en cuyo contenido se refleja el difícil y contradictorio compromiso profesional/emocional del esfuerzo de la investigadora con la mirada de una hija, desde los propios amores y dolores de su existencia, para construir el perfil biográfico de su padre, Don Rosendo Radilla Pacheco, detenido/desaparecido en el contexto de la guerrilla de Lucio Cabañas y de la Guerra Sucia desatada por el Estado mexicano en la década de los setenta.
Y digo que me es grato pisar de nuevo esa tierra atoyaquense, porque he estado en ella en otras ocasiones como ciudadano y como académico para exponer mis opiniones alrededo

de la formulación de planes estatales y regionales de desarrollo desde la perspectiva de la participación ciudadana, local y comunitaria, promoviendo en cada oportunidad la superación de las viejas inercias políticas del verticalismo y el centralismo políticos, del desinterés autoritario por la construcción de consensos y de mayores grados de legitimidad para evitar, al máximo posible, los conflictos entre gobierno y sociedad y, antes al contrario, profundizar y superar la vida autónoma y democrática de municipios y comunidades de México, que es una de las áreas de estudio y de interés tanto de Andrea Radilla Martínez, como de un servidor en la Universidad Autónoma de Guerrero
Y al calor de la lectura y la presentación del libro de Andrea Radilla Martínez, me fue inevitable acudir a recuerdos paralelos y solidarios, y de nuevo al propósito y a la búsqueda del saldo de cuentas con la recuperación de la memoria histórica de hombres, mujeres y pueblos, más allá de las grandes tendencias de la historia nacional y, más bien, en el difícil esfuerzo de sumarse a la nueva corriente de la microhistoria y del desarrollo local, que no por micro y local, carecen de importancia política, económica, social y cultural regional y nacional.
Recalco lo de “recuerdos paralelos” porque hace ya casi 46 años, un profesor de uno de los más de 300 pueblos del Municipio de Tecpan de Galeana, arribaba a la ciudad de Atoyac de Álvarez, acompañando a un niño que habiendo terminado su educación primaria acudía a un certamen escolar entre los egresados de las escueles primarias de lo que en aquél tiempo era una zona escolar cuya cabecera era precisamente Atoyac de Álvarez. Ese profesor había llegado a la comunidad de Tenexpa, del municipio de Tecpan, en el año de 1961, pocos meses después de concluido en el movimiento estudiantil y popular de 1960 que había logrado derrocar a uno de los más déspotas y népotas gobernadores de Guerrero: el trágicamente inolvidable Gral. Raúl Caballero Aburto. Ese profesor era Inocencio Castro Arteaga, padre magisterial de la primera generación de primaria de Tenexpa, y uno de los factores y actores del cambio de conciencia política en esa comunidad a partir de 1967, que se sumaba a otro inmediato anterior, la del movimiento de 1960 en cuyas luchas habían participado algunos estudiantes oriundos de la comunidad de Tenexpa.
El profesor Inocencio Castro Arteaga es uno de los 603 guerrerenses que conforman la lista de detenidos/desaparecidos en la década de los setenta y que la Asociación de Familiares de Detenidos/Desaparecidos y Víctimas de Violaciones a los Derechos Humanos en México (AFADEM), mantiene como bandera del llamado a cuentas de los homicidas; una Asociación que en Atoyac ondea sin olvido gracias a la entrega de la Señora Tita Radilla Martínez, hermana de la autora del libro que estamos comentando.
La detención/desaparición del profesor Inocencio Castro Arteaga en el contexto de las negociaciones del secuestro de Figueroa Figueroa, así como la detención/desaparición de Don Rosendo Radilla Pacheco, no fue denunciada tal y como lo exigían estúpida y humillantemente las instancias gubernamentales, por una razón muy simple: el Estado mexicano, los gobiernos mexicanos se hacían los ignorantes de las causas del silencio obligado de los familiares de los detenidos/desaparecidos: el temor, la indefensión, la impotencia promovidos por la violencia gubernamental hacia la población
Y es que el régimen político emanado de la Revolución mexicana nunca tuvo como prioridad –no la tiene todavía- el compromiso y la responsabilidad de cumplir y hacer cumplir las leyes que constituían y constituyen el Estado de Derecho. Un Derecho, por otra parte, que sigue siendo un campo de batalla político y que históricamente no se corresponde con los problemas y necesidades de las mayorías mexicanas. La prioridad del régimen de partido de Estado era legitimar y consolidar la organización, los mecanismos y los instrumentos de acceso, distribución, uso y relevo del poder, y para ello poco importaba que se violara y se violentaran los propios principios constitucionales y los más elementales derechos humanos
Desde los inicios de los gobiernos posrevolucionarios, y particularmente desde 1929 en que se crea el Partido Nacional Revolucionario (ahora PRI) como Partido de Estado, la cultura de la ilegalidad sentó sus reales y, con ello, sentó las bases de un mayor enraizamiento de una cultura política que todavía pesa toneladas sobre las relaciones políticas, económicas y sociales del Estado y la sociedad mexicana: corrupción, impunidad, irresponsabilidad, centralismo, autoritarismo, paternalismo, patrimonialismo, corporativismo, criminalización de la lucha social, violencia gubernamental, violencia por todos los poros de la sociedad…. Un Estado trunco –dice Sergio Aguayo en el prólogo del libro de Andrea- Y en “…un Estado trunco, la sociedad tiene que avivar su creatividad … y templar su paciencia”, nos dice también Sergio Aguayo
¿De qué depende que la paciencia social llegue a su límite y explote en actitudes, comportamientos y luchas radicales, violentas, armadas? Obviamente depende de muchos factores, tanto internos como externos a la nación, a la región, a la comunidad, a la familia y hasta a la persona de la cuál queremos hablar, analizar, escribir, contextualizados en el tiempo.
Don Rosendo vivió en el marco temporal del origen, el auge y la crisis de la ideología y del régimen de la Revolución mexicana que no fue otro más que el régimen priista. Asimiló los símbolos regionales de esa Revolución personificados en las luchas de los hermanos Escudero, de los Hermanos Vidales, de Valente de la Cruz y, particularmente de Pablo Cabañas, Feliciano Radilla y Manuel Téllez. Don Rosendo vivió el milagro económico mexicano cuyas bases fueron sentadas por las políticas agrarias, económicas, educativas y laborales de Lázaro Cárdenas y en ese marco cardenista fue un decidido promotor social de la educación y de la organización campesina. “La gestión como vocación” y como forma de lucha –nos dice Andrea de su padre- con un “un excesivo sentido de responsabilidad que llegaba al grado de no pertenecerse a sí mismo”. Pero Don Rosendo también vivió la muerte de esa visión cardenista del desarrollo nacional con el abandono del campo y el crecimiento de la pobreza rural, con el inicio de las luchas campesinas y gremiales por el mejoramiento de sus condiciones de vida en las voces disidentes de copreros, cafetaleros, ferrocarrileros, médicos y maestros. Vivió y testificó de cerca e indirectamente el despotismo, la violencia gubernamental y la criminalidad militar de Raúl Caballero Aburto en el movimiento de 1960, de Abarca Alarcón en las masacres de Iguala en 1962, de 1967 aquí en Atoyac y la de copreros en Acapulco también en 1967. Y como colofón nacional de la cara represiva del régimen, también cundió la indignación y la rebeldía ante las masacres de Díaz Ordaz y Echeverría Álvarez en octubre de 1968 y junio de 1971 en la ciudad de México, por mencionar las más cercanas a la historia contemporánea y las más sonadas a nivel nacional. El régimen político del Estado mexicano se agotaba en su legitimidad ideológica y se sostenía con la razón de la represión y de las armas, más que con la razón de las leyes y de la política.
¿Cómo entonces pedir que la población que se condujera conforme a las normas constitucionales e institucionales si las mismas instituciones gubernamentales eran los pervertidos agentes de su violación sistemática? ¿Cómo entonces pedirle a un hombre como Don Rosendo Radilla Pacheco, cuyos valores venían siendo el trabajo honrado, la disciplina, la dignidad, la lealtad y hasta un excesivo sentido de la responsabilidad en el desempeño de sus cargos públicos, que cerrara los ojos y se tapara los oídos para no ver, para no oír y para no expresar y ejercer su derecho a la crítica, a un pensar distinto, a una opinión distinta, a una opción distinta para cambiar el destino de miles y millones de guerrerenses y mexicanos en ese durísimo período de endurecimiento y represión del régimen político mexicano?
¿Ha cambiado en algo el régimen político mexicano? En mi opinión, sí, y por supuesto que es debatible la idea y la opinión. Muchos de los elementos estructurales que sostenían al régimen de Partido de Estado fueron cambiando desde finales de 1988, y con mayor premura a partir de la segunda mitad de los años 90. Muchas inercias, sin embargo, permanecen inalterables de tal manera que no podemos afirmar que estemos, ni mucho menos, en un régimen democrático. Estados viviendo en un periodo caótico de transición, en un interregno, porque si bien se avanza lentamente en el desmoronamiento de las bases estructurales del autoritarismo, se avanza también, muy lentamente, en el cimiento de las bases para una vida más democrática, con la carga conceptual diferenciada con que se piensa, se asume, se proyecta y se vive este importante concepto, no sólo para la vida política sino fundamentalmente para la vida y la convivencia social.
Muy grande es el reto de la política y los políticos que enarbolan la bandera de la democracia, para recuperar el respeto, la credibilidad, la confianza y la participación ciudadana. Para dignificar la política. Hará falta mucha madurez, mucha inteligencia y mucha eficiencia política para ello, sin que por ello haya que abandonar principios, ni mucho menos los compromisos con las grandes mayorías históricamente hundidas en la marginación y la pobreza. Muy grande es el reto si pensamos detenidamente, analíticamente, que la vieja cultura del centralismo y del autoritarismo, no sólo no acaba de morir, sino que se recrea conciente o inconcientemente entre muchos que enarbolan la bandera de la democracia, mientras la nueva cultura política democrática va naciendo con tantos tropiezos que quizás por eso Andrea la denomina la utopía democrática.
Entretanto, sin embargo, una de las aseveraciones de Andrea Radilla en su libro es, para mí, totalmente cierta, aceptable, compartida e irrenunciable, como debe serlo, por supuesto para la inmensa mayoría de mexicanos que han sufrido y sufren la moralmente demoledora tragedia de la injusticia. “Pensar y construir un país más equitativo sin injusticias es imposible –dice Andrea- cuando se viola el más elemental derecho humano: la vida. Cualquier intento de desarrollo material sobre la base de saldos pendientes en el conocimiento de la verdad y castigo a los culpables de violaciones a los derechos humanos del pasado, puede llegar a ser si se aplica, satisfactor de necesidades inmediatas, más no estará en el camino de mejorar la vida humana entendida como conjunto de necesidades, deseos, sentimientos e ideales. La justicia no sólo es un sentimiento milenario, es la única posibilidad de relaciones dignas entre los hombres, las mujeres y los niños, es, también, el campo en que convergen el pasado, el presente y el futuro”
Con el libro de Andrea y el caso de la detención/desaparición de Don Rosendo Radilla Pacheco, ese pasado, presente y futuro están a punto de realizar esa convergencia de la que habla Andrea, El libro y el caso de la detención/desaparición de Don Rosendo Radilla Pacheco, como lo comenta la autora y lo señala en el prólogo Sergio Aguayo, puede marcar un hito en la historia del Estado mexicano, porque puede llevar a dicho estado al banquillo de los acusados en la Corte Interamericana de Derechos Humanos por la política seguida durante la Guerra Sucia y por la simulación practicada por la Comisión Nacional de Derechos Humanos y por la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado, desaparecida en el año 2007 por irrelevante en la procuración de la justicia. No creo que sea necesario recalcar la importancia política y social de una acusación al estado mexicano como la que se deriva del caso de Don Rosendo Radilla Pacheco. Valga sólo mencionar que para todos aquellos que lucharon por la vía radical y para todos aquellos que siguen luchando por la vía legal y pacífica, esta acusación sería un paso gigantesco en el camino hacia la utopía democrática.
Termino mis comentarios con la siguiente observación: conocí la primera edición del libro de Andrea Radilla Martínez en el año de 2001, y conocí uno de los borradores de ese trabajo en el año de 1995. Pero aún más: por comentarios con Andrea ahora sé que es un trabajo que había iniciado desde 1988 y que no había podido concluir porque es un tema que lastima y agota el espíritu. Pero desde 1978 la AFADEM, por un lado, y Andrea por el otro desde 2001; se han encargado de romper silencios, de la buscar la verdad, de desbrozar la telaraña que envilece el lenguaje y el ejercicio del poder, de coadyuvar al juicio político, legal e histórico de criminales y sátrapas del poder, de recuperar la memoria histórica a través de los perfiles biográficos y sociológicos de hombres y comunidades de México, particularmente de Guerrero, de conjugar el compromiso académico con el compromiso social, de alumbrar caminos con la investigación participante de la vida cotidiana, de las microhistorias que nos sumergen en el diverso mundo de las otredades, de las diferencias, de las especificidades regionales y locales. Ese es uno de las grandes mensajes y una de las grandes lecciones que nos deja la lectura del libro de Andrea Radilla Martínez y que, como siempre desde que la conozco, nos deja con un sabor agridulce del compromiso que muchos debemos cumplir en el tormentoso y placentero camino de la investigación, de la escritura y de la divulgación de temas y problemas que están muy cerca de nuestro interés y también … de nuestro corazón.
Aún cuando el viejo dolor de una voz acallada y de una vida truncada no se mitigue del todo con una posible y cercana justicia, la familia Radilla Martínez, la AFADEM y el mismo Don Rosendo Radilla Pacheco donde esté, podrán estar satisfechos de haber abonado no un grano de arena, sino un fuerte y resistente cimiento en la construcción del camino de la utopía democrática.
Enhorabuena por ello a través de la lucha de la AFADEM y del libro de nuestra compañera de trabajo universitario Andrea Radilla Martínez.
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